A veces me detengo a pensar en la querencia que algunas personas sienten por los gatos. Me sorprende esa devoción silenciosa, casi luminosa, como si estos felinos fueran saetas de luz que atraviesan las ideas de quienes los aman, o pequeñas semillas de cristal que se encienden en sus corazones. No sé si es magia, misterio o simple compañía, pero algo dejan. Y ese algo siempre vuelve.
El primer amante de gatos que conocí fue mi hermano Eduardo. Desde niño prefirió un minino antes que un perro: uno cobrizo, delgado como él, vivaz como su espíritu inquieto. En mi familia no hubo otro afecto tan genuino hacia estos animales. Recuerdo una visita a su casa en la que encontré diecisiete gatos reunidos en una caja, todos hijos de dos gatas que habían decidido convertir su hogar en un pequeño reino felino. Eduardo, con su paciencia infinita, los cuidaba sin reparos. Su última gata ya partió,
pero sé que tarde o temprano otro minino encontrará su camino hacia él.
Años después, en esta red, apareció Carlos. Poeta argentino, dueño de una sensibilidad que se desborda en palabras y también en su Bolsa de Gatos. Sus historias, llenas de minucias y ternura, me hicieron mirar a estos animales desde otro ángulo: no desde la convivencia, sino desde la belleza narrativa. Carlos no solo escribe sobre gatos; los honra, los ilumina, los vuelve símbolo.
Y yo, que no soy amante de ellos, descubrí que en el arte sí los quiero. Me divierte dibujarlos, pintarlos, inventarlos. Algunos nacen de mi imaginación, otros de los mininos que cruzan mi tejado como si fuera su pasarela natural. En mi jardín dejan sombras, silencios y movimientos que luego se transforman en trazos, colores y formas. Por eso este texto acompaña las pinturas que guardo en mi loker de arte: son mi manera de agradecerles su paso, su misterio y su gracia.
Tal vez los gatos no vienen a ser amados por todos; quizá solo eligen a quienes pueden entender su silencio. Yo no soy de su círculo íntimo, pero ellos igual pasan por mi casa como pequeñas sombras con luz propia. Y en ese tránsito, sin pedir nada, me regalan historias, colores y preguntas que terminan convirtiéndose en arte. Al final, quizá esa sea su forma de quedarse.
Estas son algunas de mis pinturas de gatos, inspiradas en los que rondan mi casa y en los que viven en las palabras de quienes los aman. Pequeños gestos convertidos en color.
Meulen/2026.-








