A la madre le gustaba salir de madrugada, para adentrarnos en fila india por el bosque enmarañado en busca de las sabrosas murtas, plena temporada de abril que abría sus manos generosas para entregar el fruto maduro al disfrute del paladar, que una vez localizado el lugar, llenábamos canastas medianas y con ello cada vez, casi cerrando la tarde regresamos a nuestro hogar.
A ella tantas veces la vi, detenerse ante de ingresar al sitio de la cosecha y persignarse, elevar una oración, a veces se descalzaba y así también nosotros sentíamos el suelo vibrar bajo nuestros pies, en seguida nos hacia un gesto y comenzábamos a sacar los mejores frutos, ella vigilaba que nada se estropera, el renuevo no se toca, menos los frutos verdes, eso queda para las aves, decía: ellos nos invitan a nosotros a compartir el alimento y el trino de los pajarillos nos acompañaban.
Todo era entre travesuras, juegos,aventura y deber...debíamos completar nuestra cuota de cosecha para darnos a jugar en medio de los matarrales, persiguiéndonos en correrías de niños y niñas que a veces quedábamos atrapados entre las zarzamoras y rompíamos prendas y piel...a veces el llanto, otras el aguante para seguir corriendo y tomando aire y placer con los bolones de las dulces murtas rompiendo en nuestra boca.
De otras historias, como esta, se mantiene lo vívido; tal así, como esa vez que cerro arriba, donde la luz se hacía limpia y la brisa traía el rumor de la altura. Al doblar un arbusto, la vio: un balai de culebras dormitando entre hojas y murtas. Sin un grito, ella echó a correr montaña abajo. El terror la hizo veloz como un espectro; nosotros, extraviados, nos dispersamos. En el silencio que siguió, la veneración al bosque se quebró. Cada uno, guiado quizás por el eco de sus pasos, encontró solo el camino de regreso y aquel lugar quedó vetado para ella.
Muchos años después, seguimos en lo mismo con algunos nietos y mi hermana, yo estaba lejos, igual que mi hermano, más nunca olvidamos esas aventuras y recordamos siempre el milagro de la fruta del bosque que aún llega a nuestras mesas y que a veces aunque el temor nos atrape, debemos volver a beber del bosque su dulzor y velar por su cuidado.









